jueves, 31 de julio de 2008

BOMARZO EXISTE

Fue un descubrimiento primero impactante y posteriormente frustrante. Gracias a Internet, tenemos el mundo entero al alcance de un golpe de tecla. Un día me dio por teclear “Bomarzo” para ver si existía algo así de verdad. Sí, existía; tal como lo describía Manuel Mújica Laínez. Bomarzo es real, se emplaza cerca de Roma. Pero las imágenes que vi no alcanzaban ni de lejos a la hermosura del sitio que dibuja el escritor a lo largo de las casi setecientas páginas de la novela que lleva ese título. Es increíble que aunque hable mil veces de la hermosura de Bomarzo, del aliento que exhala la tierra, de la herencia etrusca que palpita en ese lugar, o de los muros del castillo, de las galerías, o de la reverberación del aire transparente de ese entorno del Lazio italiano, o del sacro Bosque de los Monstruos que el protagonista de la novela hizo erigir allí; aunque lo cuente mil veces, no te cansa. Eso, para quienes nos gusta escribir, nos tenemos sólo por unos aficionados y sabemos cuáles son las dificultades de ese oficio (entre otras la de repetirse y aburrir); eso, decía, es auténtica maestría.
Lo hace tan bien que te mete dentro una especie de nostalgia por ese lugar, una evocación tan plena, que te hace desear conocerlo y sentir así de profundamente como lo siente Pier Francesco Orsini, el Duque de Bomarzo, las piedras antiguas de su tierra. Hasta el nombre te suena bien; no te cansas de repetirlo. Hasta se puede instaurar en tus semanas un “momento Bomarzo”; los sábados y los domingos por la mañana temprano antes de que se despierte la turbamulta, en absoluto silencio y casi a escondidas, leyendo y cansándote de oír una y otra vez Bomarzo, Bomarzo, Bomarzo.
Así que cuando vi las fotografías del Sacro Bosque de los Monstruos de Bomarzo me quedé completamente defraudado, y comprendí, una vez más, el poder de la literatura, el de describir o contar un suceso, un lugar, una historia, como nunca lo puedes ver en la realidad. Con la pintura sucede igual; el buen pintor te hace ver la realidad mejor (o de otra forma, no tiene por qué ser mejor) que la propia realidad.
Repite mil veces también la imagen de la joroba de Pier Francesco Orsini, cuyo nombre pude ver también, gracias a Internet, en una inscripción en la entrada de aquel lugar. No te aburres de leerlo mil veces; lo que consigue con ello es obsesionarte como lo estaba el portador de esa deformidad. Y cómo siente Manuel Mújica Laínez el agobio de tenerla sin tenerla. Me refiero a la joroba. Para hacer sentir tan intensamente algo así parece necesario haberlo sufrido; pero claro, eso es necesario quizás para nosotros los mortales; para él no, él es eterno gracias a sus obras maestras.
Como también lo quería ser Pier Francesco. Quería ser eterno, lo buscaba sin cesar. Es curioso, pero aquello que parece obsesionar más al personaje -además de su joroba-, finalmente el escritor, sin quererlo, también lo ha alcanzado; ser inmortal. O quizás sí que lo quería, porque de nuevo, habla con tanto conocimiento de la eternidad, de los sentimientos del que la busca hasta la desesperación, que seguro que es un asunto que al propio escritor le obsesionaba también (en otra de sus novelas, El Unicornio, se ocupa, largamente de otro ser inmortal, del hada Melusina). Él, Manuel Mújica, su obra, sus pensamientos, su forma de ser y sentir, son inmortales, aunque seguro que no puede disfrutar de ello; esa es la pena.
Sus fantasías son ensoñaciones de niños, aunque estén dentro de novelas para adultos; no morir nunca, ser invisibles, volar a ras de suelo; sueños infantiles en libros adultos; quizás se necesite tener una mente un poco infantil para valorar toda la esencia de Bomarzo o de El Unicornio. Pero la recreación que hace de aquel tiempo es tan prolija, hace un estudio tan profundo, una descripción tan plena del Renacimiento italiano y europeo, siente tan dentro la suavidad del mármol con que se fabricaron las esculturas magníficas de Miguel Ángel Buonarotti, la profundidad de las pinturas de Lorenzo Lotto, de Tiziano, la delicada orfebrería de Benvenuto Cellini, o retrata tan bien la majestad de Carlos Quinto o Juan de Austria, de los Médicis, los Colonna, los Farnese, los Orsini, cómo no, dibuja tan intensa y descarnadamente la vida palaciega, se sumerge tan profundamente en ese tiempo disoluto de meretrices, bufones, brocados, armaduras, halcones, de cardenales y papas omnipotentes, de asesinatos, de lujos y miserias, de lirismo y zafiedad, se escapa tanto de la sencillez infantil, que parece muy lejana la novela de ese mundo de niños; sólo un adulto paciente y reposado, pero fantasioso e inocente, puede adentrarse con plenitud en las maravillosas páginas de Bomarzo.
A alguien así se le erizará la piel cuando lea la descripción de los leopardos sinuosos que desfilan, junto al elefante Annone y a los esclavos negros por Florencia, o entenderá la paz del sufriente Vicino, de Pier Francesco Orsini, acunado por su abuela Diana, aspirando “el perfume que emanaba de su seno” acogedor. Se estremecerá con la imagen de los demonios que pasean libremente por las páginas y los caminos de Bomarzo, o la de las harpías y endriagos, las ninfas y los sátiros. Se detendrá y releerá, cuando pase por “la tarde rumorosa de pájaros”, o por el “estremecimiento de lagartijas” o a través “de la maleza huraña”, o de “la crepitación de cigarras y grillos”. Se quedará quieto y en silencio, intentando quedarse en esos instantes, como el que mira y remira una obra de arte tratando de encontrar qué es lo que la hace tan hermosa o tan sobrecogedora. Volverá sobre las palabras, que adornan como pinceladas de color, de delicados matices, Bomarzo, e intentará aprehender esos momentos fugaces y quedárselos para sí como si fueran algunas de las joyas del orfebre Cellini.
El Sacro Bosque de los Monstruos de Bomarzo existe. También Pier Francesco Orsini existió, aunque su vida seguramente no se pareció a la apasionada vida ficticia que recreó Manuel Mújica Laínez. Mezcló ese personaje con otros reales como Pier Luigi Farnese, o Hipólito de Médicis, o Andrea Doria, o el propio Miguel Ángel Buonarotti, que acababa entonces de pintar la Capilla Sixtina, o, incluso, Miguel de Cervantes, que también se desliza por las páginas de la novela, en una de los cientos de naves que acudían desde España, y que se reunían con las naves italianas, a la lucha contra el turco en el Golfo de Lepanto, y que casualmente se encontró con el Duque Orsini. Qué suerte la del escritor, poder manejar a estos fantásticos personajes a su voluntad y hacernos sentirlos personas reales, no sólo aburridos nombres en los pesados y soporíferos libros de Historia; cualquiera diría que a ellos también los ha hecho renacer; quizás sea verdad que tiene en sus manos el poder de manejar el tiempo a su voluntad.

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